1 de julio de 2013

De cuando el médico de Napoleón estuvo en Camagüey

Por Héctor Juárez Figueredo

 

A fines de mayo de 1837 llegó a Puerto Príncipe el médico francés Francisco Antommarchi, nacido el 6 de julio de 1789 en Mossiglia, Córcega.

En Italia se doctoró en Medicina, Cirugía y Filosofía. Anatomista de prestigio, entre 1819 y 1821 había atendido a Napoleón en Santa Elena, enviado por la familia Bonaparte.

Se cuenta que el ilustre paciente que, en palabras nuestras, era “de anjá”, sin notar mejoría, acusó a Antommarchi de asesino y lo expulsó de su lado, aunque luego lo readmitió a su servicio. Lo cierto es que había estado presente durante la agonía del exemperador y participó en la autopsia que certificó la muerte por cáncer estomacal. Pero después no quiso firmar el acta porque consideraba una fiebre como causa del deceso.

También se conocía que Antommarchi, a su regreso a Francia, había publicado, en dos tomos, sus memorias, a las que tituló “Los últimos días de Napoleón” y que, cuando presentó una mascarilla del difunto, lo había tildado de farsante. Los conocedores de su vida podían haber comentado, tal vez, que estuvo reclamando una pretendida herencia que le dejó Napoleón y, aburrido de los tribunales y de las ofensas que recibía, marchó a América en busca de fortuna  y tranquilidad. 

Llegó a La Habana a fines de 1836, no sabiéndose con exactitud si desde México o los Estados Unidos. No era tan importante prestar atención a la procedencia de un francés y menos por aquellos días en que España casi le vende Cuba a Francia… Lo importante fue que revalidó sus títulos, fue autorizado a ejercer, practicó la medicina homeopática, realizó operaciones quirúrgicas y de la vista, y analizó aguas medicinales.

Su visita a Puerto Príncipe, como antes a Trinidad, había sido autorizada por don Miguel Tacón, Gobernador y Capitán General. Se hospedó en la morada del dominicano don Miguel Escoto, Secretario de Cámara de la Audiencia, quien residía en la calle de Santa Ana (General Gómez). Había venido Antommarchi con el propósito de ofrecer, también aquí, sus servicios a los pobres. Así se lo hizo saber, el 23 de mayo, a don Antonio Vázquez, Teniente Gobernador, al entregarle una carta de recomendación enviada por Tacón.

 Vázquez le pidió al Ayuntamiento que cooperara con el médico. Antommachi visitó el local que se le brindó por mas apropiado: el Hospital de Mujeres Pobres de Nuestra Señora del Carmen, ubicado al lado de la Iglesia del Carmen y construido por el Padre Valencia, y donde está hoy la Escuela Primaria Marta Abreu. Escogió dos salas para reconocimiento y operaciones. Una sería para mujeres; la otra para hombres. A inicios de junio, la Administración del Hospital había colocado ya las camas necesarias y biombos entre ellas. Comenzaron, entonces, las consultas y operaciones.

En el mes de agosto, Antommarchi concluyó un detallado estudio sobre las aguas medicinales de Camujiro. La descripción de temperatura, análisis químico y propiedades medicinales eran la mas completa hecha hasta ese momento. Y el día 20 de septiembre entregaba un detallado informe de las operaciones realizadas. Era su despedida. El Ayuntamiento de Puerto Príncipe, en respuesta, acordó el día 22, dar “las más expresivas gracias al doctor Antommarchi por el bien que ha hecho a la humanidad afligida durante el tiempo en que ha permanecido en nuestra ciudad, le desea la conservación de su existencia y una felicidad en su partida”.  

Antes de marcharse, le obsequió a Escoto dos reliquias napoleónicas: un pequeño mechón de cabellos y un fragmento del paño mortuorio en que reposó el cadáver. Y hacia Bayamo, el siguiente punto de su itinerario, siguió Antommarchi. Al parecer, no tenía intenciones de permanecer allí, pues a fines del propio septiembre, llegaba a Santiago de Cuba, donde tenía un primo y amigos. Cuando ya tenía establecida una casa de salud, enfermó de fiebre amarilla. Falleció el 3 de abril de 1838 y fue sepultado en el cementerio de Santa Ana. Sus restos, trasladados luego a Santa Ifigenia, reposan en el osario del panteón de la familia Portuondo.

Recordemos este pasaje de nuestra historia ahora que se ha vuelto a mencionar a Antommarchi entre los científicos. Porque, según una nueva hipótesis, Napoleón no murió de cáncer ni envenenado con arsénico. El tratamiento médico vigente en la época pudo conducirlo a una situación cardiaca fatal. Eso no lo sabía, entonces, el doctor Francesco Antommarchi quien, aunque calumniado por sus contemporáneos y despreciado por los biógrafos de Bonaparte, siempre se sintió recompensado al ser llamado “el médico de Napoleón”.

 

Tomado del Boletín Diocesano de Camagüey, Nº 67