NAPOLEON, EL TIEMPO Y LA TRANSDOMINCION:
UN ACERCAMIENTO A LA CINÉTICA DE
LAS GRANDES REVOLUCIONES

De los autores

 



Dmitri Prieto Samsónov

 

Jenny Cruz Cabrera

 

 

El 8 de octubre de 1804, Jean-Jacques Dessalines es proclamado Emperador de Haití. Después del proceso de independencia de la isla, culminado el primero de enero de ese mismo año, comenzaba una era de libertad que no resultó tal. El propio héroe de la independencia y líder de la revolución, al mimetizar como “emperador de los negros” al “emperador de los blancos” (Napoleón Bonaparte, quien a su vez mimetizó a monarquías previas…), se constituía en creador de un nuevo sistema de trabajo forzado estatalizado, que en ciertos puntos llegaba también a mimetizar las plantaciones existentes en Saint-Domingue cuando fue la más próspera colonia francesa.


El reinado de Jacques I de Haití duró solo 2 años; el Emperador fue asesinado en octubre de 1806.


El sistema explotador que anulaba muchas de las conquistas iniciales de los rebeldes haitianos duró mucho más.


La coronación de Dessalines fue un claro acto de mimesis: aún bajo la originalísima propuesta revolucionaria del pueblo negro de Haití, se imponía una versión militarista del Estado, inspirada ciertamente por diseños y estéticas metropolitanas, que duraría por más de un siglo transitando a formas corruptas, y algunos de cuyos elementos persisten hoy, creando una situación paradójica: el primer territorio descolonizado de América Latina es a la vez su país más pobre.


La mimesis es una de las fuentes lógicas de lo que llamamos transdominación. La transdominación es la gestación de un nuevo sistema de dominación en el seno de un proceso revolucionario radical que derroca una dominación antigua. Ha sido el flagelo de casi todas las revoluciones, incluidas las grandes revoluciones de Occidente, desde Inglaterra hasta China, pasando por Francia y Rusia. Cuba no ha sido ajena a este tipo de procesos.


La historia revolucionaria de Haití nos aporta un terreno dramáticamente fértil para estudiar la transdominación, como lo pudiera ser también la revolución de 1917 en Rusia.


Napoleón Bonaparte es una de las figuras simbólicas de la transdominación en Europa.


Uno de los primeros en notarlo fue Beethoven, cuando retiró la dedicatoria a Bonaparte que originalmente encabezaba su Sinfonía Heroica.


Personalización en cierto modo de la revolución francesa –sobre todo fuera de Francia- Napoleón llegó a encarnar ideales de ORDEN y de RAZÓN (probablemente él mismo se pensaba de ese modo) frente a lo que en aquel entonces se llamó “anarquía” (en sentido peyorativo). Era común verlo como a alguien que llegó a “domar” los impulsos incontrolables de las “masas”: las burguesías del Continente ponían sus esperanzas en él, y para los futuros románticos fue un ídolo, durante un tiempo.


Pero existen otros tipos de orden, como señaló Pierre Joseph Proudhon: “la anarquía es la madre del orden”. El “santo grial” del orden revolucionario desde abajo está conectado con lo que plantean las actuales teorías transdisciplinares de la autoorganización en sistemas dinámicos complejos.


Personalidades europeas anteriores a la revolución francesa, como Oliver Cromwell, también promotores del ORDEN en procesos de revolución-transdominación, nunca generaron narrativas tan dramáticamente transnacionales, como la “saga” de Napoleón.
El interesante concepto de “revoluciones napoleónicas” abre el terreno al estudio comparativo de cómo las ideas francesas fueron “recicladas” incluso en países que se opusieron a su dominio (Haití de Dessalines, España de Cádiz, Rusia de los decembristas, América Latina, el romanticismo alemán con Fichte, y… HEGEL, quien percibió en Napoleón al Espíritu Universal produciendo Historia sobre un caballo blanco; de importancia clave para el marxismo, donde se asumió el rol histórico del proletariado como especie de MITO estructurador de las posibilidades de liberación, como lo fue Napoleón para muchos, y como lo fue también la racionalidad de la burguesía en su tiempo (criticada por Marx en su Cuestión Judía, donde opta definitivamente por la solución socialista del problema de la libertad).


En el terreno del siglo XIX hasta la revolución intelectual alemana que conduce al marxismo es, por tanto, en cierto sentido “napoleónica”.


Y de nuevo hablamos acá de nociones diversas de ORDEN, pero  también de la realidad de una mimesis.


Un pensador posterior y “olvidado” como George Sorel reflexionó con profundidad sobre la función social del MITO, e intentó articular mitos propios de la clase obrera, que no fueran miméticos de los de la burguesía.


¿Es posible una revolución sin mimesis? ¿Evitaría la ausencia de mimesis el peligro de la transdominación?


Esto nos lleva a la cuestión del TIEMPO.


El instante actual no es mimetizable. Antológicamente, precisamente por ser ACTUAL y único (puntualmente momentáneo) es distinto del pasado y el futuro, que son VIRTUALES y se extienden dimensionalmente.


Pero la construcción social de las realidades hace asimilar el instante actual a ritmos y ciclos de diversa índole (donde hay repetición de patrones de prácticas sociales, y por tanto mimesis), por lo cual la mimesis podríamos decir que le es sobrepuesta a lo ACTUAL en virtud del poder social.


Por tanto, se postula que el control del tiempo es un elemento clave en las dinámicas liberación/ poder y (ergo) revolución/transdominación. El control del tiempo en el rescate de lo ACTUAL por sobre lo VIRTUAL (repetitivo, mimético) produce anti-mimesis, que es clave en el control de la transdominación.


Por cierto, Napoleón estaba perfectamente claro en eso del control del instante actual, más allá de la futuridad y la historia.


La cinética es teoría del tiempo. El control del tiempo produce sentido vital desde la ACTUALIDAD. Y el control del sentido vital es la base del MITO.


La termodinámica es teoría de los estados iniciales y finales de un sistema: es teoría por tanto de la virtualidad y de los propósitos. Es equivalente a la teoría de la información. El control de  la virtualidad produce información. El control de la información es la base del poder social. Pero no es suficiente para dominar el sentido.


La insuficiencia de la mera información, y la importancia del mito: Napoleón es mayor que Fouché.


El control del tiempo es una problemática de la modernidad, muy asociada a las condiciones de posibilidad de la liberación, y Napoleón la inaugura con su propio mito.


[Quien crea mitos –por actualización- está por encima de la mimesis; lo que es criatura de mitos –por virtualización- pertenece a lo ritual y por tanto genera la incorporación de la mimesis en el tiempo.]


El tiempo –actual: de instante a instante (J. Krishnamurti)- se desdobla en la modernidad en potencial liberador (creador de autonomías) y potencial dominador (creador de heteronomías).


Napoleón Bonaparte ha sido representado de modos diversos en la historia del Arte universal, pero resulta notable un cuadro de Jacques-Louis David donde el Emperador aparece con un reloj de péndulo al fondo, en su gabinete de trabajo. La pintura es de 1812, año conocido por los sucesos en Rusia, y se caracteriza por marcar una nueva geometría del poder imperial en la cotidianidad: basada no tanto en el carisma del combate, sino en el de servicio, casi isomórfico –por transpolable- a lo que Max Weber llamó dominación racional o burocrática.


Pero en el cuadro, ciertamente concomitante con la racionalidad cronometrada de la modernidad decimonónica (revolución industrial, ferrocarriles, etc.), el Emperador aparece también como señor del tiempo: el Primer Burócrata Racional es más que un burócrata: está por encima de su propio ritual, y, aunque está sujeto al tiempo (el reloj), tiene el poder de dominarlo, y así es fuente y creador de su propio MITO.  


Esta imagen de Napoleón daría paso, por un lado, a los grandes mitos de personalidades hipostatizadas “por encima del tiempo”: la clásica leyenda de Stalin, que –mientras el pueblo duerme- tiene encendida la luz en su despacho del Kremlin, donde trabaja sin descanso por el bien de ese pueblo.


Por el otro, es el prototipo de los grandes mitos colectivizados: como ya habíamos dicho, el mitologema del proletariado como colectividad que cumple un rol histórico libertador (como antes lo cumplió la burguesía), tiene mucho que ver con el mito napoleónico.


Napoleón es colocado así en la doble posición de servidor obediente a la disciplina/ritual/tiempo virtual, y de señor creador de temporalidades (nuevamente: disciplinas, rituales, virtualidades).


Recordemos nuevamente la frase de Hegel sobre Napoleón en Jena. Por cierto, si Marx en vez de Hegel se hubiese basado en Schelling, el estalinismo probablemente habría sido imposible. Pero Schelling no tenía prestigio para la racionalidad avanzada del siglo XIX -de la cual nació el marxismo-, porque su filosofía partía del estudio del MITO.


Así, la figura de Napoleón desde el mito nos inspira a abordar dos caminos del control del tiempo en la modernidad:


El camino de la (trans)dominación: racionalidad instrumental, Code Civil, los códigos agrarios haitianos, revolución industrial, ferrocarriles, locomotoras y sombreros de copa.


El camino de la (trans)liberación, por encima del reloj, en 3 momentos: los relojes depositados a la intemperie y nunca robados cuando la siembra del árbol de la Federación (fraternidad); el reloj de Napoleón (igualdad: el Emperador es un trabajador más); el proletariado sublevado disparándole a los relojes de las torres (libertad), colimando así precisamente una racionalidad, una geometría móvil, que resultaba desmontada por la cinética de los proyectiles. La clásica consigna francesa, leída en sentido inverso.


La geometría/termodiámica y la cinética pueden ser aprehendidas así como dos formas de vivenciar y ejercer el tiempo. Ese ejercer u obrar el tiempo resulta cristalizado en la figura de Napoleón Bonaparte, quien hizo época en el Occidente de su tiempo: figura, geometría y cinética que pueden dibujarse desde el terreno al mapa a través de la noción de transdominación, aparecida en las revoluciones de Inglaterra (1648), Francia (1789), Haití (1804), Rusia (1917), Yugoslavia (1944-48), China (1949) y Cuba (1959). También marcó el proceso independentista hispanoamericano (1810-1825), y –como vemos- no se agotó en el espacio atlántico ni en el “largo” siglo XIX.


Agradecemos esta oportunidad de dialogar desde Cuba con la actual geopolítica de las ideas, donde actores históricos en hipóstasis míticas, como Napoleón, o inseparables de comunidades horizontales, como Martí, completan el set de “profetas” de un Occidente post-moderno en franca decadencia frente al avance de la incertidumbre, donde probablemente deberemos en un futuro incorporar poderosamente diálogos con otras tradiciones que hoy se nos muestran más poderosas, como la china. ¿Tendrá frente a tal avance Nuestro Occidente (que incorpora a Rusia y la América Latina) “mitos alternativos” con potencialidades racionales, como lo fue el mito napoleónico?


¿Estamos a salvo de nuevas transdominaciones?